La nueva jornada laboral de Manuel

Las nuevas tecnologías ayudan a conciliar la vida laboral y profesional. De esta manera es posible compatibilizar el trabajo y la rutina familiar diaria sin que una ni otra resulten perjudicadas. Pero, antes de ellas, conseguir cumplir las dos era una tarea titánica para trabajadores como Manuel. Dichas tecnologías han hecho de él un hombre nuevo.

Manuel Marín. 39 años, natural de Duruelo, provincia de Soria. Casado desde los 25 con Sabina, también soriana, aunque de la capital ―lo que le restriega continuamente. No se corta en llamarle paleto― y con dos hijos: Marina, de seis, y Benjamín, de ocho. Desde los treinta trabaja como director de sistemas en una importante multinacional en Madrid. Todo bien hasta que…

Los hijos crecieron. Ahí comenzaron a aparecer los problemas. Sabina sale antes de casa, a eso de las siete de la mañana, dirección norte, junto a la carretera de Burgos, por lo que llevar los niños al cole es cosa de Manuel. Y mal que bien fue parcheando la situación hasta que los niños se hicieron mayores. Cuando dejaron la guardería para entrar en el colegio, Manuel tembló. Su hora de entrada rayaba con la de sus hijos al colegio ¿Solución? Llevarlos antes. El día que puede, porque en otros Marina se levanta cruzada, no quiere hacerse las coletas o Benjamín mira el desayuno como quien se encara con su peor enemigo. El resultado son carreras, lloros, gritos, zigzagueos por la carretera con el coche y suelta de los críos en la puerta del colegio como quien entrega un paquete a domicilio. O casi. Y llegada al trabajo entre sofocones. Y rezando para que no le llamen desde el colegio para informarle de la nueva enfermedad contraída por sus vástagos, lo que se traduce en una visita al médico y más tiempo perdido.

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Director de sistemas, decíamos. Conocedor al dedillo de las últimas tecnologías del mercado, de su funcionamiento y del partido que se les puede sacar a poco que se implanten y usen de manera racional. Conocerlas, las conocía. Sólo faltaba reunirse con el director general y explicarle lo bien que podrían venirles a ciertos trabajadores ―él el primero, pero ese detalle se lo calló―, para facilitar una cierta flexibilidad a la hora de entrar y salir de la oficina, o bien para trabajar en otros lugares, no necesariamente en aquélla, incluso desde las tabletas que muchos de ellos usaban a diario o desde sus Smartphones. El director general, un hombre de edad ya madura, se quedó ojiplático. Si su director de sistemas le iba con esas es que lo que le plateaba merecía la pena. Únicamente le preocupaban pequeños detalles: el posible escaqueo de los trabajadores, que se saltaran a la torera las nuevas directrices… Manuel lo tenía todo controlado: él se encargaría de informar personalmente a todos y cada uno de sus compañeros.

Desde entonces ya no sabe lo que es temblar cada vez que el director del colegio le llama para decirle que uno de sus hijos se ha puesto enfermo; tampoco recorre la distancia que separa su casa del centro educativo como haría un piloto de ralis; y trabaja desde casa cuando uno de sus hijos cae enfermo o tiene que realizar cualquier gestión relacionada con el hogar.

Eso sí, Sabina sigue llamándole paleto. Cosas que nunca cambian.

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